
Aguanto la levedad insoportable.
Braman los paisajes abandonados,
antes habituados a mi silueta diluida en la esencia de su amor.
Conjuros y hierbas secas apretujándose en melodías somníferas,
oigo al pasar por tierra santa, las oraciones estallar,
las fragancias profanas del deseo unirse en un respiro en desenfreno.
Los muros sin cielo no pueden ocultar el enjambre de amores yertos
en las escaleras tapizadas con un azul terciopelo.
Exhaustas las bestias desnudas con coronas de plata
que copulaban sin sentimiento con las riquezas del pueblo en los sagrados templos.
Me exhortan en la histeria dilatada desde la lejanía de una caricia fría,
de un abrazo que irrita, de la estupidez provista de míseros corazones
con los latidos contados.
¿Qué puedo entender de la naturaleza si en cada momento me cubres con tu manto de seda? Estoy atento al estertor que padeces
cuando crees conseguir la lumbre imaginaria de la soledad.
Notas este vacío impresionante que ensombrece a los parlantes.
Una palabra aterrada por cada ladrillo,
una imagen atestada de significados que espantan los designios.
Una nada reflejada en tu mirada que se traga involuntaria, las palabras que te arropaban. Desencanto, hay sudores fríos que nacen de tu pecho
y terminan huyendo indiferentes, hacia el orgasmo.
Mi cuerpo alterado, adormecido en el cansancio; choca con tus gemidos planos.
Un ángel con las alas cortadas, desangrada y con el recuerdo encendido
de su Dios iracundo, flagelando su espalda aletargada y a la vez colmándola de placer.
No será jamás lo que contemplaste alguna vez con la esperanza erguida entre tus manos.
Ellas siempre serán ásperos ángeles y demonios,
sodomizadas por un Dios que se escurre lento y ardiente por su molde vanidoso.

















