lunes, 30 de noviembre de 2009

Imaginación - Somnolencia


Natalia transpirada, choca irremediable tras su andar “despistante”.

Duerme dentro de un vasto campo de plantaciones descuidadas.

Las “luces señalantes” pasan por encima de ella rozando su vestimenta.

La noche es suya, sus ojos entreabiertos.. la comisura de sus labios..

que se despegan lentamente haciendo estallar a las estrellas perplejas.

Entrañables eran las siluetas poseedoras de singular sutileza.

El silencio es un concierto contemplativodonde las sensaciones de nuestro cuerpo exclaman al firmamentola brisa o el eco furtivo que crispe nuestros cabellos, que levante en un verso encendido el hastío existencial que siempre fue reprimido.

El incienso en la niebla o viceversa, relucían la fragancia de los ríos calidosque aceleraban su paso frente al crepúsculo,un cielo paterno lleno de ira, con fiebre por una luna rojiza.

Natalia recoge sus senos del lodo, la humedad penetrante enfrían sus sentidos y sus pasos son oídos.

Aun no despierta y cree ver luciérnagas que abren caminosentre los árboles torcidos hacia la oscuridad del bosque.

Su vida en desatino no pudo reducirse a un destello divino que trajo desde el olvido para recobrar la esperanza de un destino sin amarras.

La fuerza de unos dedos punzantes, acorrolantes sobre tu hombros, se hunden en la finura de tu piel, violentamente devuelve tu rostro hacia sus ojos llenos de disgusto.

Una mirada vacía, sin alma.. con una sola pretensión en su memoriala de violentar tu ser redimido, volviendo escombros tu fortaleza que se erigió en instantes depresivos por transitar levemente el mundo que resguarda a los inocentes que consumaron su suicidio.

Maltratada por esos brazos con apariencia de robles, te dejas caer, entregada, sobre la tierra mojada de sangre y rocío de madrugada.

Tus labios hinchados arden como sal sobre la herida, esta vez es el sol madrugador que hierve la sangre sobre tu rostro.

Desnuda, el viento de las montañas se confunde con el respirar agitadodel hombre que lame cada partícula de tu frío sudor (...............).

Tus ojos se entreabren de dolor y cuando el hombre termina sacudiéndose de placer su cabeza descansa apacible sobre tu pecho que apenas logra latir por la desidia a la vida atrapada en esta eterna agonía(Tus muslos responden a los estímulos)...La epifanía de la muerte se vislumbra en su lontananza.

domingo, 29 de noviembre de 2009

MACHO!


Los hombres que se dignifican.
Las profundas aguas del estero que amenaza los amaneceres con olor a lavanda,
los hombres en su desespero nadan y naufragan por suprimir este peso.
Los bosques de papel... la muerte concurre ante a ti en un aviso de periódico.
Los saludos amargados, el buen tiempo desalmado que no colma tu paciencia.
Los hombres esclavos que levantan montañas y convierten sueños en hospedajes
alzan con su fuerza descomunal emociones transparentes
que ellos mismos mantienen alejados de los vientos con poesía de mar.
Riman los lamentos en el cementerio municipal,
la viuda de frente al hueco abismal no siente los brazos que la hicieron andar.
Se arrima apresurada hacia un hombro a descansar.
Los labios secos de la oscura ciudad bajo linternas reveladoras
besan el piso con migajas de pan.
El erotismo desgarbado de las putas que encienden los cigarrillos
voluntariamente sin cobrar, el aire condensado de los gemidos fingidos,
de las narices empolvadas, de las bocas acidas, de la cerveza derramada.
Todo influye en el hombre que se dedica a mirar.
Que vuelve de trabajar con las piernas que dejaron de ser suyas,
con las manos que dejaron de sentir. El hombre siempre doblegado por el hombre.
Unas horas antes se acicalaba en las mañanas de frente al espejo roto, confundía las cenizas con su sombra siendo el la sombra de una vida concedida a los imperios.
Los gráciles ángeles abandonados en las plazas sobrevivían en su menester,
resistían furtivos de las miradas y los bolsillos que brindaban bondad
resguardando hasta la noche sus instintos de asexuada maldad.
El acurruca su destino avistado desde la tarde aciaga,
autentico baladí que busca morir en la mugre de un bar somnoliento,
seducido por las compañías que escapan del crepúsculo asesino.
Moribundo socrático, impertinente badajo que renovaba su esperanza
por la cruz bañada en luz y otros sortilegios que nos convida la aurora.
Hombre que se dignifica en su andar, en su invidencia en la indiferencia de la belleza.