Rasgo con fuerza la herida que se resiste a sanar
De mi piel plagada de imágenes vehementes
Corto un pedazo de que se me hace familiar
Unto en mis dedos la sangre hervida de una ira silente.
Encuentro en mis huesos, recuerdos tallados sin fragor
Escarbo en las uniones que nos mantienen como dioses
Escupo mis dudas en la penuria ultrajada por inocentes hombres
Exhalo el sueño sin estrépito, y me hundo en el dolor.
Luche por mi aposento de fríos y oscuros pasajeros
Ate mi belleza que dormita en embelesos
Con alambre de púas a mi pecho
Por sentirla ajena a mi cuerpo
A pesar de haber nacido en mí verso.
Rasgo y rasgo sin ataduras, sin rostros vacilantes
Que me alejen de mi ser único y desperfecto
Juego en la sangre de roces y evocaciones espirales
Amo mi inexistencia y vivo mi muerte en las ojeras del silencio
Y miro en el espejo la soledad que rodea al poeta. Sin verso, sin cuento, sin musa, sin los placeres primarios de una vida adulta. Y escribo sin alma, sin corazón, con el disfraz de algún poeta muerto.
miércoles, 28 de julio de 2010
lunes, 26 de julio de 2010
Flor de Cerezo

Hay un cielo avinagrado que se respira entera y únicamente
desde este fango traga sueños.
Con tantas ilusiones juntas y descalzas,
el amor, se desgasta bruscamente y se hunde sin remedio
en el barro indeseado de una oscura y burda historia.
Hay amaneceres pálidos
que invitan a la desesperanza
corazones calidos
aferrándose a su remembranza.
Juguetes rotos, sin encanto, ofrendados con temor al compromiso.
Manos diminutas atravesadas por líneas de fábulas adultas.
Hay lugares ensombrecidos por la grotesca selectividad del arco iris.
Inocencias encorvadas que deambulan sin gracia a la suerte de dios.
Frentes marchitas, se descubren ante el bronce labrado por sus magulladas manos.
Llaga sobre llaga, la hermosura de la juventud es imposible de palpar.
Hay mundos orgullosos y obscenos que miran de reojo hacia este riachuelo.
Menuda vida finita abandonada en un desierto de cenizas.
Aromas de un eterno verano, cuando se funden en el sueño la ira y el desencanto.
Hoy paseo desde mi ventana impía y desinfectada.
La transparencia tácita más que deslumbrar, asombra con terrorífica realidad,
volviendo insoportable el quehacer diario de mi delicada retina.
Que se alimenta de belleza ingenua que emana la naturaleza
alrededor de la inmundicia humana.
Hay en estas agrietadas calles flores de cerezo
inundando la agonía con belleza distinta.
Árboles de cerezos irradiando su divina tranquilidad
en el cansado semblante de la desesperanza.
Como el rocío que resucito en esas flores su esplendor,
la lágrima que lleva el estigma del recuerdo
se desvanecerá en tus mejillas
y nacerá una ansiada sonrisa,
debajo de una lluvia de cerezos.
desde este fango traga sueños.
Con tantas ilusiones juntas y descalzas,
el amor, se desgasta bruscamente y se hunde sin remedio
en el barro indeseado de una oscura y burda historia.
Hay amaneceres pálidos
que invitan a la desesperanza
corazones calidos
aferrándose a su remembranza.
Juguetes rotos, sin encanto, ofrendados con temor al compromiso.
Manos diminutas atravesadas por líneas de fábulas adultas.
Hay lugares ensombrecidos por la grotesca selectividad del arco iris.
Inocencias encorvadas que deambulan sin gracia a la suerte de dios.
Frentes marchitas, se descubren ante el bronce labrado por sus magulladas manos.
Llaga sobre llaga, la hermosura de la juventud es imposible de palpar.
Hay mundos orgullosos y obscenos que miran de reojo hacia este riachuelo.
Menuda vida finita abandonada en un desierto de cenizas.
Aromas de un eterno verano, cuando se funden en el sueño la ira y el desencanto.
Hoy paseo desde mi ventana impía y desinfectada.
La transparencia tácita más que deslumbrar, asombra con terrorífica realidad,
volviendo insoportable el quehacer diario de mi delicada retina.
Que se alimenta de belleza ingenua que emana la naturaleza
alrededor de la inmundicia humana.
Hay en estas agrietadas calles flores de cerezo
inundando la agonía con belleza distinta.
Árboles de cerezos irradiando su divina tranquilidad
en el cansado semblante de la desesperanza.
Como el rocío que resucito en esas flores su esplendor,
la lágrima que lleva el estigma del recuerdo
se desvanecerá en tus mejillas
y nacerá una ansiada sonrisa,
debajo de una lluvia de cerezos.
domingo, 18 de julio de 2010
Un día en las ojeras de una desencantada primavera

Un día en las ojeras de una desencantada primavera
fue suficiente para que su recuerdo de musa impura
se anclara para siempre en la mar angustiosa (e insomne por capricho de la luna)
que es antesala a mis sueños.
Era una tarde espesa, construida por impulsos iracundos de anteanoche
una tarde pordiosera que revestía a la vida en su disgusto y su congoja.
Y allí estaba yo, con los rayos del solo incrustándose en mi espalda,
penetrando la memoria, exacerbando mi deseo imperecedero de noches soledosas.
Aunque la luz aun nos retuviera en su esplendor, la mugre era el sinsabor,
las sombras eran mal disimuladas y se vertían como un charco negro desde las miradas.
Fui tocado por la desmesura de las mentes abandonadas en los albañales,
por las sonrisas forzadas empañadas de sudor y lagrimas.
Fui un triste caminante que percibía el aroma degradante
de unos cadáveres descomponiéndose al sol.
Aun conservo este corazón vacío donde los ajenos sentimientos
se revuelcan sin pena ante mí adusto y comprensible resentimiento
por no ser parte de esa orgia amorosa y desdeñosa que hace eco en mis entrañas.
Anacrónicos consejos de humo y espuma intoxicante que se reparten como dadivas
a la lozanía ensombrecida por su propia inclinación hacia los vaivenes de una vida derruida.
Aquí estoy con las ansias perdidas en algún lugar de mí ser,
sin la necesidad de brillar en medio de tan oscuros entes.
La noche es usurpada de su tiempo y el día aguarda placeres trasnochados
en cavernas de multitudes en desasosiego.
Ninfas de cuero y ademanes burlescos invaden la poca conciencia del burdo público,
entre silencios cómplices y propinas insuficientes para lo que se degustaba,
iban y venían rostros distintos pero sin cambiar la mirada perdida
entre los vapores del tabaco y el alcohol. Era una mirada seca que se fijaba en la noche artificial
y buscaba alguna abertura en ese manto negruzco de repugnante realidad,
buscando recordar el pequeño instante de felicidad y hacerlo atemporal,
aferrándote a tu sueño que dejo de ser recuerdo, que dejo de ser tuyo,
para llorar en las noches por la lejanía invariable de un espejismo maltrecho.
Alucino dentro de un vaso de cristal y mientras me ahogo voy bebiendo sin parar,
suspiro esa extraña oscuridad compuesta por mundanas miserias que se asemejan a mi paz interior. Ignoraba su mirada y toda diminuta humanidad que exhalara con secretismo su cuerpo de sirena,
debo confesar ya en estas instancias sepulcrales y delirantes
que solo me importaban las líneas moldeables de su silueta
sobre la columna de concreto manchada en luz espectral.
Mi corazón también era de concreto, ahora los vicios vistos con estupor,
lamían indefinidamente mi piel hasta pasear por el sendero de fuego que me conducía a ella.
La había concebido de la misma forma pero de manera distinta, era “ella” que estaba frente a mí conduciendo mis deseos por sus antojos corporales, era idéntica y no importaba otro sobrio pensamiento que influyera en mis pasos hacia la subida de unos escalones que parecían infinitamente verticales.
Su dorso semidesnudo era mi ensueño, sus caderas inmersas
en un vaivén natural y descomunal, mantenían dócilmente sus bragas negras.
Era mi diosa terrenal, que se desprendía de los efectos de mis sueños en primavera e invierno.
Una diosa ecléctica que conciliaba con su defecto humano
mi irrisorio amor por la eterna contemplación de una rosa con luz propia
y mí vano esfuerzo por llamar la atención de la belleza envuelta en enigmas y sombras,
que llame amapolas.
Su cuerpo dejo de ser disgusto para mi inquieta imaginación…
estas manos no son mías, estas piernas doloridas tampoco lo son,
su desnudez me privo de muchas cosas.
Su dolor se podía mezclar con el mío mientras se dilataba el engaño
de este ser que suponía jamás sucumbiría al encanto
de un mundo enfermizo enfrascado en su propio vomito.
Cuando mis respiros rozaban sus mejillas y se anclaban en su cuello
para poder acariciar a la musa que ansiaba desde mi infancia,
su desprecio fue vil y sin medidas. Su molestia era evidente, sus quejas un aliciente,
para abandonar la cueva nauseabunda donde el tiempo era también un inconsciente.
En la libertad que me entrega la sociedad por medio de inútiles valores materiales,
pude ahondar, ya sin extrañezas por la tibia oscuridad que me rodeaba
y sin nubarrones de lluvia etílica, en su mirada grisácea.
Yo estuve conciente del mundo, por eso recuerdo el miedo compartido.
Su mirada gris, tan fría como las calles desoladas en las noches de madrugada,
fue el miedo por ser la nausea que nace de sus entrañas
cada vez que mira a su luna de plata
y se va aferrando mas y mas a su recuerdo, a su sueño de felicidad marchita.
Un día en las ojeras de una desencantada primavera
fue suficiente para que su recuerdo de musa impura
se anclara para siempre en la mar angustiosa (e insomne por capricho de la luna)
que es antesala a mis sueños.
Mi corazón de concreto no resistió la verdad de una mentira forjada por la sociedad.
Ella maltrato mi éxtasis de ensueño y yo maltrate su ya agonizante espíritu
y la aleje aun más de su anhelado deseo.
Mis manos surcaron como bestias su herido cuerpo,
mis labios muertos dejaron huellas en su piel.
Ya no era una mujer, solo era un par de piernas y un rostro que volteaba sus ojos hacia la almohada, quizás recordando el destello que la hace humana ante tanta barbarie.
Su recuerdo esta conmigo cuando me desvelo en mi apacible y oscura soledad,
mis noches son suyas al igual que la antesala a mis sueños,
donde nunca mas he vuelto a soñar.
Su mirada gris fue un inolvidable suceso, las musas parecen perder terreno,
las ansias se quedan sin miedos y la añoranza por la belleza errática
se desvanece al pensar solo en un par de piernas,
que no representan la poesía de una diosa fulgurante que duerme en mi subconsciente.
Ella desarmo a mis musas, las dejo sin razones para existir en mi conciencia,
son reales al igual que ella por lo tanto no me pueden ofrecer
la belleza imaginaria que ostentan las diosas de mi creación.
Espero sus nauseas bajo la inmensa luna, guardiana de la fragilidad del mundo.
Su áspera melancolía atragantada en rabias malditas y herejías incendiarias,
espero mi indeseado recuerdo sobre su cama bañada en lágrimas y desamor.
Imagino su cautiverio en las cavernas inflamadas
de grotescas lisonjas que hacen arder las heridas sin cicatrizar.
Imagino su mirada cansada con oscuras ojeras
que delatan el sufrir de su inocente rostro
que alguna vez resplandeció en primavera.
fue suficiente para que su recuerdo de musa impura
se anclara para siempre en la mar angustiosa (e insomne por capricho de la luna)
que es antesala a mis sueños.
Era una tarde espesa, construida por impulsos iracundos de anteanoche
una tarde pordiosera que revestía a la vida en su disgusto y su congoja.
Y allí estaba yo, con los rayos del solo incrustándose en mi espalda,
penetrando la memoria, exacerbando mi deseo imperecedero de noches soledosas.
Aunque la luz aun nos retuviera en su esplendor, la mugre era el sinsabor,
las sombras eran mal disimuladas y se vertían como un charco negro desde las miradas.
Fui tocado por la desmesura de las mentes abandonadas en los albañales,
por las sonrisas forzadas empañadas de sudor y lagrimas.
Fui un triste caminante que percibía el aroma degradante
de unos cadáveres descomponiéndose al sol.
Aun conservo este corazón vacío donde los ajenos sentimientos
se revuelcan sin pena ante mí adusto y comprensible resentimiento
por no ser parte de esa orgia amorosa y desdeñosa que hace eco en mis entrañas.
Anacrónicos consejos de humo y espuma intoxicante que se reparten como dadivas
a la lozanía ensombrecida por su propia inclinación hacia los vaivenes de una vida derruida.
Aquí estoy con las ansias perdidas en algún lugar de mí ser,
sin la necesidad de brillar en medio de tan oscuros entes.
La noche es usurpada de su tiempo y el día aguarda placeres trasnochados
en cavernas de multitudes en desasosiego.
Ninfas de cuero y ademanes burlescos invaden la poca conciencia del burdo público,
entre silencios cómplices y propinas insuficientes para lo que se degustaba,
iban y venían rostros distintos pero sin cambiar la mirada perdida
entre los vapores del tabaco y el alcohol. Era una mirada seca que se fijaba en la noche artificial
y buscaba alguna abertura en ese manto negruzco de repugnante realidad,
buscando recordar el pequeño instante de felicidad y hacerlo atemporal,
aferrándote a tu sueño que dejo de ser recuerdo, que dejo de ser tuyo,
para llorar en las noches por la lejanía invariable de un espejismo maltrecho.
Alucino dentro de un vaso de cristal y mientras me ahogo voy bebiendo sin parar,
suspiro esa extraña oscuridad compuesta por mundanas miserias que se asemejan a mi paz interior. Ignoraba su mirada y toda diminuta humanidad que exhalara con secretismo su cuerpo de sirena,
debo confesar ya en estas instancias sepulcrales y delirantes
que solo me importaban las líneas moldeables de su silueta
sobre la columna de concreto manchada en luz espectral.
Mi corazón también era de concreto, ahora los vicios vistos con estupor,
lamían indefinidamente mi piel hasta pasear por el sendero de fuego que me conducía a ella.
La había concebido de la misma forma pero de manera distinta, era “ella” que estaba frente a mí conduciendo mis deseos por sus antojos corporales, era idéntica y no importaba otro sobrio pensamiento que influyera en mis pasos hacia la subida de unos escalones que parecían infinitamente verticales.
Su dorso semidesnudo era mi ensueño, sus caderas inmersas
en un vaivén natural y descomunal, mantenían dócilmente sus bragas negras.
Era mi diosa terrenal, que se desprendía de los efectos de mis sueños en primavera e invierno.
Una diosa ecléctica que conciliaba con su defecto humano
mi irrisorio amor por la eterna contemplación de una rosa con luz propia
y mí vano esfuerzo por llamar la atención de la belleza envuelta en enigmas y sombras,
que llame amapolas.
Su cuerpo dejo de ser disgusto para mi inquieta imaginación…
estas manos no son mías, estas piernas doloridas tampoco lo son,
su desnudez me privo de muchas cosas.
Su dolor se podía mezclar con el mío mientras se dilataba el engaño
de este ser que suponía jamás sucumbiría al encanto
de un mundo enfermizo enfrascado en su propio vomito.
Cuando mis respiros rozaban sus mejillas y se anclaban en su cuello
para poder acariciar a la musa que ansiaba desde mi infancia,
su desprecio fue vil y sin medidas. Su molestia era evidente, sus quejas un aliciente,
para abandonar la cueva nauseabunda donde el tiempo era también un inconsciente.
En la libertad que me entrega la sociedad por medio de inútiles valores materiales,
pude ahondar, ya sin extrañezas por la tibia oscuridad que me rodeaba
y sin nubarrones de lluvia etílica, en su mirada grisácea.
Yo estuve conciente del mundo, por eso recuerdo el miedo compartido.
Su mirada gris, tan fría como las calles desoladas en las noches de madrugada,
fue el miedo por ser la nausea que nace de sus entrañas
cada vez que mira a su luna de plata
y se va aferrando mas y mas a su recuerdo, a su sueño de felicidad marchita.
Un día en las ojeras de una desencantada primavera
fue suficiente para que su recuerdo de musa impura
se anclara para siempre en la mar angustiosa (e insomne por capricho de la luna)
que es antesala a mis sueños.
Mi corazón de concreto no resistió la verdad de una mentira forjada por la sociedad.
Ella maltrato mi éxtasis de ensueño y yo maltrate su ya agonizante espíritu
y la aleje aun más de su anhelado deseo.
Mis manos surcaron como bestias su herido cuerpo,
mis labios muertos dejaron huellas en su piel.
Ya no era una mujer, solo era un par de piernas y un rostro que volteaba sus ojos hacia la almohada, quizás recordando el destello que la hace humana ante tanta barbarie.
Su recuerdo esta conmigo cuando me desvelo en mi apacible y oscura soledad,
mis noches son suyas al igual que la antesala a mis sueños,
donde nunca mas he vuelto a soñar.
Su mirada gris fue un inolvidable suceso, las musas parecen perder terreno,
las ansias se quedan sin miedos y la añoranza por la belleza errática
se desvanece al pensar solo en un par de piernas,
que no representan la poesía de una diosa fulgurante que duerme en mi subconsciente.
Ella desarmo a mis musas, las dejo sin razones para existir en mi conciencia,
son reales al igual que ella por lo tanto no me pueden ofrecer
la belleza imaginaria que ostentan las diosas de mi creación.
Espero sus nauseas bajo la inmensa luna, guardiana de la fragilidad del mundo.
Su áspera melancolía atragantada en rabias malditas y herejías incendiarias,
espero mi indeseado recuerdo sobre su cama bañada en lágrimas y desamor.
Imagino su cautiverio en las cavernas inflamadas
de grotescas lisonjas que hacen arder las heridas sin cicatrizar.
Imagino su mirada cansada con oscuras ojeras
que delatan el sufrir de su inocente rostro
que alguna vez resplandeció en primavera.
sábado, 17 de julio de 2010
Adieu
Adieu al paño húmedo que me cubría cuando tenía frío,
a la luz intermitente que iluminaba escasamente mis amarillos dientes.
A los testarudos nocturnos que se adherían a mis incoloras piernas
y succionaban sin parar en una noche eterna.
Adieu, a las pequeñas cosas, a la comida indeseada por mi paladar
pero única y necesaria para mi estomago y mis manos.
Adieu a los amantes del lado, que en medianoche hacían que sus besos calidos
se introdujeran amablemente en mis desolados sueños.
A los eternos pasillos que jamás fueron decorados en décadas.
A mi adorable can que nunca pude acariciar.
Me despido de los amores ambulantes de esos jóvenes andantes
que despiden de sus poros un amor embelesante.
Adieu, con mi mas sentido pesar a mi espejo manchado, de tantos años lacerando
mas allá de mi razón, mas allá de mi ser, dando forma a mi imaginación.
Adieu a las fosas del recuerdo instaladas debajo de mi colchón.
A los aromas pasajeros que han cubierto mi almohadón
y solo me refiero a las pocas mujeres que confiaron inocentemente
en mi temporalmente aguda razón,
y obviamente dejaron sus huellas frescas en mis sabanas al huir despavoridas
por enfrentarse a mi deshumana imaginación.
También le digo adieu a mis cortos sueños que me presentaban solo el umbral
de una deliciosa locura como un plan de acción que yo refinaría en mi profunda desazón
para poder matar a mi desgastada realidad
con los finos puñales de una conciencia de ensueño.
Adieu a la música clásica que necesita ser contemplada con suma atención
para sentirla dentro de ti, es como una hermosa mujer que mientras te mira sin vacilación,
destila de su belleza incomparable, melodías.
Y si sus miradas se cruzan por un largo tiempo,
podrás sentir el amor de ella haciendo nido en tu corazón.
Y como olvidar las noches que se estiraban para durar semanas,
a ellas lamentablemente les digo adieu, noches de emociones entremezcladas donde la música,
las mujeres y los pequeños seres impávidos que comparten este hogar conmigo,
nos enredamos, nos fusionamos y nos morimos por el amor en un breve instante.
Sin menospreciar a mi inseparable magia blanca; le digo adieu a la magnifica droga
que significo este lugar tan golpeado y humillado por mi incontrolable ira.
Adieu al temor por esas “insignificantes cosas”, al miedo por los colmillos de mi mascota,
por los colmillos de la sociedad.
Adieu al increíble miedo por la incandescente luz que irradian las personas en su “juicio moral” al subyugar mi libertad.
Adieu al miedo asesino que produjo tu belleza en mí…
Adieu a la noble ciudad, a la oscura partitura de mi particular andar.
Adieu al cielo escarlata que siempre estuvo nublado y llorando por mi.
Adieu al frío vacío que se apodero de mí y que nunca te hizo daño a ti.
Adieu a la vida misma que no supo atarme de buena manera por eso hoy les digo adieu,
sin las ganas de siempre con el encanto de ahora.
a la luz intermitente que iluminaba escasamente mis amarillos dientes.
A los testarudos nocturnos que se adherían a mis incoloras piernas
y succionaban sin parar en una noche eterna.
Adieu, a las pequeñas cosas, a la comida indeseada por mi paladar
pero única y necesaria para mi estomago y mis manos.
Adieu a los amantes del lado, que en medianoche hacían que sus besos calidos
se introdujeran amablemente en mis desolados sueños.
A los eternos pasillos que jamás fueron decorados en décadas.
A mi adorable can que nunca pude acariciar.
Me despido de los amores ambulantes de esos jóvenes andantes
que despiden de sus poros un amor embelesante.
Adieu, con mi mas sentido pesar a mi espejo manchado, de tantos años lacerando
mas allá de mi razón, mas allá de mi ser, dando forma a mi imaginación.
Adieu a las fosas del recuerdo instaladas debajo de mi colchón.
A los aromas pasajeros que han cubierto mi almohadón
y solo me refiero a las pocas mujeres que confiaron inocentemente
en mi temporalmente aguda razón,
y obviamente dejaron sus huellas frescas en mis sabanas al huir despavoridas
por enfrentarse a mi deshumana imaginación.
También le digo adieu a mis cortos sueños que me presentaban solo el umbral
de una deliciosa locura como un plan de acción que yo refinaría en mi profunda desazón
para poder matar a mi desgastada realidad
con los finos puñales de una conciencia de ensueño.
Adieu a la música clásica que necesita ser contemplada con suma atención
para sentirla dentro de ti, es como una hermosa mujer que mientras te mira sin vacilación,
destila de su belleza incomparable, melodías.
Y si sus miradas se cruzan por un largo tiempo,
podrás sentir el amor de ella haciendo nido en tu corazón.
Y como olvidar las noches que se estiraban para durar semanas,
a ellas lamentablemente les digo adieu, noches de emociones entremezcladas donde la música,
las mujeres y los pequeños seres impávidos que comparten este hogar conmigo,
nos enredamos, nos fusionamos y nos morimos por el amor en un breve instante.
Sin menospreciar a mi inseparable magia blanca; le digo adieu a la magnifica droga
que significo este lugar tan golpeado y humillado por mi incontrolable ira.
Adieu al temor por esas “insignificantes cosas”, al miedo por los colmillos de mi mascota,
por los colmillos de la sociedad.
Adieu al increíble miedo por la incandescente luz que irradian las personas en su “juicio moral” al subyugar mi libertad.
Adieu al miedo asesino que produjo tu belleza en mí…
Adieu a la noble ciudad, a la oscura partitura de mi particular andar.
Adieu al cielo escarlata que siempre estuvo nublado y llorando por mi.
Adieu al frío vacío que se apodero de mí y que nunca te hizo daño a ti.
Adieu a la vida misma que no supo atarme de buena manera por eso hoy les digo adieu,
sin las ganas de siempre con el encanto de ahora.
Feliz Aniversario...
Toco su puerta y se que no esta, la imagino en estas horas febriles empleando su ilimitado talento para resolver los embrollos cotidianos de la problemáticamente incansable ciudad.
Admiro y suspiro frente a su puerta de fresca madera, detallando y recordando primeros besos ante el umbral de su fructífera vida.
Mi sonrisa risueña me delata frente a sus vecinos espías que entrecierran persianas y cortinas
con sus ojos curiosos señalándome profundamente como un deseado intruso en sus desdichadas vidas. Saco mis llaves y entro, respiro hondamente para poder capturar los retazos de su perfume que se ha disgregado desde la mañana.
Cuantos indescriptibles efectos producen en mi cuerpo, el rememorar los meses, los días y los segundos de entrecruzadas miradas poseídas por cada diminuto rincón de nuestra amada casa.
Hoy en mi trabajo no me echaran de menos, este día es nuestro y se lo dedicare por completo.
Mientras limpio y ordeno entrañables cosas nacidas como versos de nuestro amor sincero,
siento estar aturdido por la inevitable remembranza que atina directamente en mi corazón de algodón. Me siento en el sofá ahogado en cristalina felicidad viendo frente a mí la resistente mesita donde esta la foto de nuestro primer aniversario y más arriba en la pared rosa, el largo espejo que me regala el recuerdo de su espalda desnuda en nuestra primera cita.
Esa dilatada noche donde las estrellas concurrían incandescentes sobre nuestro camino, nos encontró fulgurantes e inseparables, unidos de la mano en vanidad y pensamiento. Al estar dentro por vez primera en esta casa, el remolino de deseo ya era incontrolable para los dos.
Desatándonos de nuestras amarras morales y convencionales que detenían nuestros impulsos mas puros y naturales en aquella tarde. Deseo que se asentó con convicción desde el primer miramiento y su respectivo gesto alusivo.
Atados por el hambre carnal que desvivía nuestros aposentos de orgásmico volcán
la lleve por encima de esa frágil mesa de madera y la ame como si el último crepúsculo se cerniera sobre este mundo, su hermoso dorso desnudo se reflejaba perfectamente en ese inmenso espejo de bordes de madera y la seguí amando toda la noche, todo este tiempo y en diferentes lugares.
En mi embeleso de felicidad de ensueño oigo abrirse la puerta y me extraño por que es muy temprano para que llegue de su trabajo pero no pude levantarme del sofá
cuando la puerta se abrió y se cerró torpemente dejando entrar a violeta abrazada fuerte y toscamente con un hombre de tez oscura y envidiable musculatura, ellos dos unidos parecían un remolino tan concentrados en sus ataduras y en cada parte de sus cuerpos que no se percataron de mi presencia taciturna ni de los arreglos hechos con esmero que significarían una sorpresa.
La pasión de ellos dos era comparable como aquel primer día en que violeta y yo nos conocimos en su trabajo, tan distintos y necesitados el uno al otro.
Violeta apoyo sus manos sobre nuestra frágil pero resistente mesita estaba tan apasionada que aun no podía abrir los ojos, mientras el indecible hombre de piel oscura y de carnes corpulentas la desvestía y se aferraba a ella, subiéndole la falda y bajándole las bragas, a veces parecía que el la hacia desaparecer por su gran tamaño, cuando daba sus ultimas embestidas hacia el delicado cuerpo de Violeta, gimiendo, sudando y exclamando ella levanto la mirada viendo el espejo, viéndome a mi y yo a ella.
Antes de que pronunciara palabra alguna y luego de que el placer se esfumara en un santiamén, le dije con la esencia de la felicidad que se dibujaba en mi rostro, ya agotada pero al fin sonrisa desdibujada, feliz aniversario…
Admiro y suspiro frente a su puerta de fresca madera, detallando y recordando primeros besos ante el umbral de su fructífera vida.
Mi sonrisa risueña me delata frente a sus vecinos espías que entrecierran persianas y cortinas
con sus ojos curiosos señalándome profundamente como un deseado intruso en sus desdichadas vidas. Saco mis llaves y entro, respiro hondamente para poder capturar los retazos de su perfume que se ha disgregado desde la mañana.
Cuantos indescriptibles efectos producen en mi cuerpo, el rememorar los meses, los días y los segundos de entrecruzadas miradas poseídas por cada diminuto rincón de nuestra amada casa.
Hoy en mi trabajo no me echaran de menos, este día es nuestro y se lo dedicare por completo.
Mientras limpio y ordeno entrañables cosas nacidas como versos de nuestro amor sincero,
siento estar aturdido por la inevitable remembranza que atina directamente en mi corazón de algodón. Me siento en el sofá ahogado en cristalina felicidad viendo frente a mí la resistente mesita donde esta la foto de nuestro primer aniversario y más arriba en la pared rosa, el largo espejo que me regala el recuerdo de su espalda desnuda en nuestra primera cita.
Esa dilatada noche donde las estrellas concurrían incandescentes sobre nuestro camino, nos encontró fulgurantes e inseparables, unidos de la mano en vanidad y pensamiento. Al estar dentro por vez primera en esta casa, el remolino de deseo ya era incontrolable para los dos.
Desatándonos de nuestras amarras morales y convencionales que detenían nuestros impulsos mas puros y naturales en aquella tarde. Deseo que se asentó con convicción desde el primer miramiento y su respectivo gesto alusivo.
Atados por el hambre carnal que desvivía nuestros aposentos de orgásmico volcán
la lleve por encima de esa frágil mesa de madera y la ame como si el último crepúsculo se cerniera sobre este mundo, su hermoso dorso desnudo se reflejaba perfectamente en ese inmenso espejo de bordes de madera y la seguí amando toda la noche, todo este tiempo y en diferentes lugares.
En mi embeleso de felicidad de ensueño oigo abrirse la puerta y me extraño por que es muy temprano para que llegue de su trabajo pero no pude levantarme del sofá
cuando la puerta se abrió y se cerró torpemente dejando entrar a violeta abrazada fuerte y toscamente con un hombre de tez oscura y envidiable musculatura, ellos dos unidos parecían un remolino tan concentrados en sus ataduras y en cada parte de sus cuerpos que no se percataron de mi presencia taciturna ni de los arreglos hechos con esmero que significarían una sorpresa.
La pasión de ellos dos era comparable como aquel primer día en que violeta y yo nos conocimos en su trabajo, tan distintos y necesitados el uno al otro.
Violeta apoyo sus manos sobre nuestra frágil pero resistente mesita estaba tan apasionada que aun no podía abrir los ojos, mientras el indecible hombre de piel oscura y de carnes corpulentas la desvestía y se aferraba a ella, subiéndole la falda y bajándole las bragas, a veces parecía que el la hacia desaparecer por su gran tamaño, cuando daba sus ultimas embestidas hacia el delicado cuerpo de Violeta, gimiendo, sudando y exclamando ella levanto la mirada viendo el espejo, viéndome a mi y yo a ella.
Antes de que pronunciara palabra alguna y luego de que el placer se esfumara en un santiamén, le dije con la esencia de la felicidad que se dibujaba en mi rostro, ya agotada pero al fin sonrisa desdibujada, feliz aniversario…
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