
Los pechos ardiendo de los hombres sin nombre.
El sonido de los pasos se diluye en el eco de la ciudad.
Las olas chocan fraudulentas y tus ojos se desvisten de ternura.
Hallando en los espejos el odio lacerante de tu reflejo.
La despedida es un instante transformándote para toda una eternidad.
Llego la luna implacable en su gigantesca majestuosidad y se la llevo en un instante.
No hubo disculpas... no hubo lamentos. El mirar constante de las cosas queriendo ver algo más que no esta y nunca estará, ¡carece de sentido! pero aun sigues en la búsqueda de lo inasible.
Se han esfumado los seres que adornaban tu simpleza
y te mantienes inerte ante la falta que descompone tu existencia.
Que felicidad rebosante que al no tener testigos roza la locura tempranera.
Tal vez si aguardas en el centro vertiginoso de una multitud expectante,
La tranquilidad de lo corriente será el alimento de ellos y no te arrastraran sobre miradas punzantes.
El resplandor ensombrece, mis parpados caen, mi aura es percibida con profunda "malevolía"º. Sola dentro de un sueño delirante de melodias trepidantes, viéndonos como un espejismo de nosotros mismos e igualmente nos detestamos, como nos detestan los que nos afligen. Almas dispares que se deleitaban en su ignorancia.
Después del desasosiego y las dudas exacerbadas, el perdón se deshace en mi garganta y queda la razón prima Muerte. Sexo en la muerte, tierra húmeda que expulsa de sus entrañas flores secas hay susurros que nacen y se pierden en el corazón del bosque.
Robles gigantes que aprisionan tus sentidos. Miedos que se crecen cuando cruzan el río, no puedes ocultar el crepitar de las sombras.
Dos cuerpos se entregan en una locura conmovedora, de sus blancas pieles nacen misterios cuando un rayo de luz atraviesa el averno.
Sexo carnívoro, era el placer ultimo de cada universo abstraído de la madre natura. Dioses infantiles eran masticados y escupidos con asco.
La razón humana. El dolor por una muerte inesperada, deja tu conciencia tambaleante que se deja llevar por la corriente más tranquila y negruzca. Lascivas tentaciones que enarbolan emociones que encienden tu alma apagada.
La noche no entristece, permanece inerte con horizontes lúgubres. Con lombrices que devoran los pequeños cuerpos de la celeste inocencia.
Hay olores de muerte alrededor de los helechos, los seres que ya no respiran vida se mecen tranquilamente sobre las plantas.
Un amor comprometido hasta con el último pedazo de carne, el agónico grito placentero y el dolor...
Sus manos arrancan gemidos desde su sexo, escarbando entre el lodo y mi sudor. Repentinamente mis manos se cubren de sangre hirviente, los recuerdos dolorosos se van transformando en una historia que yo creía que le pertenecía a otro.
Las heridas, las largas cicatrices que me envuelven en un ser entregado.
Miserable invento de mitos abandonados. La pureza de tus respiros, la diáfana certeza de conocer tus motivos y tus instintos que conducen a una severa inconciencia.
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