Once y media, acelero mi partida, los besos y las despedidas con mi familia apenas son sentidas. Desde hace una semana el fondo de mi memoria esta totalmente revestido con su rostro, no pienso en nada ni en nadie, sólo ansío verla una vez más para llenarme de esperanza y de amaneceres con rocíos de felicidad. Detrás de mi, torbellinos y rutinaria locura colectiva de mediodía. Frente a mi, el recuerdo de su hermoso perfil que se refleja como un cristal en todos los demás.
Son las doce menos quince y ella no esta, la plaza esta a reventar pero ella nuevamente no esta. Tomo asiento y mis ojos no dejan de moverse de un lado a otro esperando a que llegue. En este momento los segundos son fugaces, los minutos apenas palpables y la luz se acrecienta cada vez más junto al calor.
Cuando ya casi todos se han ido, cuando ya casi me he olvidado del tiempo y de mi lugar en algún rincón de la universidad, ella aparece; camina sutilmente con el resplandor del sol a sus espaldas y se sienta. Esta a ocho metros de mi, pero por fin esta aquí para el deleite de mis ojos, para la emancipación de mi espíritu que no sucumbió al naufragio de su distancia que me hundió en la angustia desesperante de su imagen tambaleante y destellante en la oscuridad atemporal de mi ser.
Después de largos ensayos imaginarios no puedo perder esta oportunidad única para que se percate de mi existencia. La miro, siempre la miro y no me cansare de mirarla, ella se muestra apacible con las horas de su reloj; esta de frente al día abrasador, parece que su mirada se perdiera en el baúl invisible de los viejos recuerdos.
El sudor es implacable, de mi sien fluye la gota de la angustia, del nervio en el mero centro del cerebro que esta a punto de estallar. Le temo a la versión distopica de mi sueño donde ella es la delicada sonrisa que me abre su mundo de fantasía, de amor, de eterna felicidad y compañía.
Ella jamás ha mirado detrás suyo, donde estoy yo agazapado con el tierno y dócil rocío de su belleza empapándome. ¡Como adoro su rostro! Sus diminutos gestos que hacen sonrojar a los ángeles celestiales que huyen embelesados surcando con endemoniadas piruetas sus cielos.
Cuando el miedo se vuelve más inquietante y atenta con condenarme al silencio de sus oquedades, ella se vuelve mi salvación y su mirada de ensueño echa un vistazo hacia mi corroída humanidad desperdigada. El frío es increíble; ella se levanta, se sube al auto y se aleja otra vez. Yo sigo sentado, con un gélido par de sentimientos encontrados reflejados en mi cara, con mi poema arrugado en una mano y con su recuerdo aún más avasallante, con su imagen viva y radiante, ella mirándome.
Son las doce menos quince y ella no esta, la plaza esta a reventar pero ella nuevamente no esta. Tomo asiento y mis ojos no dejan de moverse de un lado a otro esperando a que llegue. En este momento los segundos son fugaces, los minutos apenas palpables y la luz se acrecienta cada vez más junto al calor.
Cuando ya casi todos se han ido, cuando ya casi me he olvidado del tiempo y de mi lugar en algún rincón de la universidad, ella aparece; camina sutilmente con el resplandor del sol a sus espaldas y se sienta. Esta a ocho metros de mi, pero por fin esta aquí para el deleite de mis ojos, para la emancipación de mi espíritu que no sucumbió al naufragio de su distancia que me hundió en la angustia desesperante de su imagen tambaleante y destellante en la oscuridad atemporal de mi ser.
Después de largos ensayos imaginarios no puedo perder esta oportunidad única para que se percate de mi existencia. La miro, siempre la miro y no me cansare de mirarla, ella se muestra apacible con las horas de su reloj; esta de frente al día abrasador, parece que su mirada se perdiera en el baúl invisible de los viejos recuerdos.
El sudor es implacable, de mi sien fluye la gota de la angustia, del nervio en el mero centro del cerebro que esta a punto de estallar. Le temo a la versión distopica de mi sueño donde ella es la delicada sonrisa que me abre su mundo de fantasía, de amor, de eterna felicidad y compañía.
Ella jamás ha mirado detrás suyo, donde estoy yo agazapado con el tierno y dócil rocío de su belleza empapándome. ¡Como adoro su rostro! Sus diminutos gestos que hacen sonrojar a los ángeles celestiales que huyen embelesados surcando con endemoniadas piruetas sus cielos.
Cuando el miedo se vuelve más inquietante y atenta con condenarme al silencio de sus oquedades, ella se vuelve mi salvación y su mirada de ensueño echa un vistazo hacia mi corroída humanidad desperdigada. El frío es increíble; ella se levanta, se sube al auto y se aleja otra vez. Yo sigo sentado, con un gélido par de sentimientos encontrados reflejados en mi cara, con mi poema arrugado en una mano y con su recuerdo aún más avasallante, con su imagen viva y radiante, ella mirándome.
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