
Busco amor donde consigo abrigo, vago por un pedregoso camino.
Susceptible a la ira de la aurora que irradia esperanza desde la solemne belleza de tu rostro.
No busco nácar ni busco oro, solo quiero el fulgor de tu angustia
ante la necesidad de tu corazón por respirar y exhalar amor.
Zigzagueo en el sendero de la peste que una noche afrodisíaca
dio abrigo a la imaginación envenenada de entes desprovistos de placeres.
En medio del estupor, el aire se detiene en mi boca
y los latidos se adentran hondos por mis oídos.
Se palpan solas las desgracias al percibir el eco de mi desatino.
Creí haber encontrado una virgen sin altares pero sus gestos fueron infames
y su candida mirada refugiada en la hierba oscura,
ve de reojo como la alborada se cierne inmensa sobre sus huellas de madrugada,
candida mirada que abandono mi cuerpo de infante
y me dejo a merced de las trémulas manos de una noche sin encanto.
Busco amor donde consigo abrigo, todos los caminos desnudan a Roma.
Atravesando paisajes inalterables con horizontes como postales,
olfateo el arte desdeñable de pintores que en sus cuadros obviaron la sangre.
Las catedrales se levantan para que ellos rocen el cielo
y nosotros soñemos modestamente bajo su sombra.
Las ruinas de su fracaso es el hecho que incita la revolución en nuestras memorias.
Siento frío, tu imagen representa mi salvación del desvarío
¿pero cual es tu brillo? ¡No estoy ciego! ni estoy cuerdo,
por lo tanto los calores y los colores confluyen en un eterno racimo
de emociones imperecederas que me convida tu piel hechicera.
Una serpiente se enrosca en mi cuello,
latidos e infiernos retumban por dentro
mientras tus ojos fijos me ven caer al abismo.
Hastiado me encuentro de toda la infancia desperdigada en tu cuerpo,
añoro en mi sublime melancolía el musitar de las musas perdidas en la oscuridad,
perdidas en mis manos indecisas.
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