martes, 23 de marzo de 2010

Adorando la inocencia de tus manos trémulas.


Aprendiendo desde la inocencia torpe y grotesca, no hay tiempo para soñar con superhéroes
ni para sentirse el centro de fragilidad del universo, plagado de batallas inconclusas
y sin causas que aparenten mínimamente ser razonables.
Aquí el cáncer es ese diminuto y asqueroso infante que corroe mis áridas cuencas incandescentes, cada vez que oigo el resonar trepidante de sus quimeras fluyendo por su pequeña y deforme boca, brotando en cada gota de sudor, cuando lo noto exaltado por percibir que el feliz día acaba rauda y oscura en una siniestra prisión llena de colores que a pesar de no ser sus colores acurrucan su temor.

Esas veces siento que tambalean mis raíces, siento que se agrietan las columnas de mármol
que contienen a mi cuerpo en reposo eterno.
No siento desprecio, solo un instante de destellos que abren puertas que yo jamás pude abrir, teniendo la llave de todas las entradas y las salidas a mí alrededor.
Por un error que comete en el juego más absurdo vuelve a cometer el mismo y se torna un sinvergüenza.

Desde su imperio de lodo y dulces descompuestos me mira con credulidad, es una mirada que no soporto que revuelve y sacude mis entrañas arenosas. Su mirada inmensa se cierne sobre mi lógica absoluta de las cosas que me rodean y que ignoro vulgarmente, su mirada me hace inferior y sus ojos gigantescos como rubíes me hacen cautivo de mi propia vida. Mi vida a cambio de su vida, no es un día a día, es imbecilidad por estupidez. Puedo ser feliz de la misma manera pero en distinta forma, ya que compartimos el mismo polvo de esos astros que a lo lejos nos envidian. Compartimos la misma sangre por la que ha muerto nuestra madre. Podrá ser paciente como yo lo soy, pero sin perder ningún detalle de su amada sonrisa.

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