
Cuando las rimas se acaben y el mutismo de los roces involuntarios florezcan en fricciones intencionales que hagan aparecer a las bestias que nunca pudieron sentir los versos recorrer suavemente sus cicatrices y besar sus heridas al sol.
Entonces, de las virtudes corrompidas nacerán nuevos cánticos como clamores. De la voluntad subyugada y temerosa surgirá una voz, una sangre distinta a las otras. Lo desechado y fermentado como caldo de cultivo renacerá en un estrépito incomparable. Los nuevos versos, los nuevos profetas; la lumbre incipiente que resplandece nuestro presente. Adentro de los albañales rebosantes de los tiempos que obviaron el porvenir de nuestras fantasías fugaces, haciendo mella en mí ser ambivalente.
Cuando las penas se estiren inmensas por sobre tu cielo terciopelo de apacible locura las lagrimas hondas que enmarcan la vida de mis hermanos fustigados por tu irascible mirada serán la esperanza tangible a la orillas del amargo mar en el que naufragas. La tristezas malhabladas en la noches violáceas, esas que amagan con fundirse en la oscuridad desolada. Toda la melancolía reunida en una noche sempiterna siendo absorbida a sorbos de vino blanco, a gritos desaforados, a sonrisas entregadas al abismo.
Has intentado socavar mi sugestión explayada en placeres de perversión. Tus honduras y tu crepitación, tu fulgor y mi flagelación. Mis heridas, mis lamentos; mi credo y tu muerte.
Cuando lleguen los cristos en llanto blasfemando nuestra cotidianeidad, nuestra sangre que al final se esparce incolora por los desagües. Los advenedizos inflamados de tanto contener el desahogo sacrilegioso, rondaran como cuervos sobre mi carne descompuesta. El viento silente penetra tus huesos, el absurdo parpadeo de las luces termina y la obscura osadía de las sombras en luna, amparan mis deseos en tu boca seductora, en tu cuerpo febril que deleita a las penumbras.
Cuando me uno a las nubes inciertas y respiro el perfume de tu idilio imprevisto, no siento temor por tu abrupta obsesión con las delicias de la naturaleza. Aún atesoro las formas de tu cuerpo desnudo bajo el cielo estrellado, agitándose, sobreviviendo a los sudores fríos que se imprimían en mi pecho. Sigo ávido de tus palabras que iluminaban mis pasos furtivos por tu camino sombrío. Reposo entre algodones dentro de una bóveda celeste, soy tu nuevo dios indolente que perdura incomprensible por el eco atemporal de mi voz.
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