
Hoy mire casualmente desde una distancia que me convence de distraerme de mis lagunas,
a una mujer de arcilla que arrastraba su cuerpo hechicero
en medio de las brasas tormentosas del mediodía.
Era un cuadro desprovisto de delicadeza,
entre tanta acción mundana que alimenta a los suburbios.
Estaba el horizonte en su avance frenético desde mi ventana,
un paisaje rutinario que carece de significado, de arte y realidad.
Instantáneamente el tiempo se detiene y frente a mi hay una calle intransitable
en medio de dos grandes muros desde donde brota el fuego invisible
que altera los semblantes de la ciudad, detrás de todo está esa mujer diminuta
con un ropaje lamentable, y de tanto mirar pareciera que dejara de caminar
y a pesar de nuestros lejanos horizontes se detuviera su soledad
y se centrara en mi mirada como yo contemplo el infierno que se abalanza tras de ella.
Somos solo un segundo del inmisericorde tiempo,
tiempo que no basto para un respiro de conciencia.
Y el día es solo un suspiro en el que gobierna altisonante tu imagen.
Inseparable en mis vicisitudes hasta que la madrugada
me arroja sus sombras de perversión inútil.
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