viernes, 17 de diciembre de 2010

Ayer eras tú

Tú, siempre tú. A través de mis ojos, alrededor de mis querencias.
Te siento solo, en la finitud de tu existencia, de tu hogar, de tu vida
que camina dolorosamente hasta una esquina y rápido da la vuelta.
Si, tu. Quien más calaría hondo en mis pensamientos náufragos
de una noche incolora. Quien más podría detener con simpleza
los estragos de tristeza que mutilan mi esperanza.

Tú, siempre fuiste tú. Allá en el fondo de falsas sonrisas
en la quietud deshumana que es tragada sin esfuerzo
por la estupidez desbocada. Fuimos lo que hoy jamás podremos ser.
La candidez en nuestros ojos de plastilina nos abría un mundo maravilloso
sin relojes que nos llamen la atención, sin miedo al continuo
menoscabo del sexo opuesto. Jamás olvidare nuestros rostros perfectos
al sol, quien nos bendecía con rayos de dulzura sobre la frente.
Éramos contemplados por la luna y las estrellas, por la vida rauda
que sonreía a nuestras caricias dadas en su infinito ombligo.

Tu y yo fuimos el sueño que se nos desmorona hoy.
El recuerdo corrosivo de un tiempo en el que fuimos felices
y del que no encontramos pista alguna hoy.
Quizás a ti se te enrojezcan las mejillas y se te corte el aliento
por un segundo de retrospectiva, pero yo, quien me mantengo
aferrado a la ultima y diminuta huella que dejo nuestra unión
en cada uno de nosotros, estoy dividido.
Yo estoy en el medio de dos abismos, del recuerdo imposible de palpar
y del olvido que invita a sumergirme en los azares de un infierno desconocido.

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